Maneres de viatjar (dia 3 de juliol de 2009)

El passat divendres dia 3 de Juliol, en Juan Antonio Rodríguez ens va parlar sobre Coneix un país i col·labora. Una de les frases que va dir és “Trabajar para cambiar las circunstancias, en lugar de pasearme horrorizado entre ellas estoy seguro de que me ayudó muchísimo.” Per aixó vos pos el texte que en Juan Antonio ha escrit, sobre la seva experiència a India amb links que vos poden interessar.

Record que divendres dia 10 a les 21 h. al Bar-viatgeteca Molta Barra Carrer del Pes de la Farina, 12 a Palma, En Joan Cabot ens parlará sobre Concerts musicals arreu del Món. Vos esperam.

MANERAS DE VIAJAR

Conoce un país y colabora:

Cuando tenía 18 o 19 años pensé, ¡Voy a hacer un voluntariado en el extranjero! Viajo, salgo de la rutina que me tiene ya cansado (tantos años estudiando…), aprendo bien un idioma y ya que estoy, pues hago algo bueno (y lo pensaba más o menos en ese orden de preferencia).

Fui informándome, conociendo a gente que ya lo había hecho alguna vez, descubriendo diferentes canales o vías por las cuales conseguir realizar ese voluntariado (Servicio de Voluntariado Europeo, programas de becas, asociaciones…) y mi búsqueda se centraba en las premisas de: no me tiene que costar mucho dinero (porque no lo tengo) y tiene que ser en un país donde hablen inglés o francés, que son las lenguas que me interesan aprender de cara al futuro. El QUE iba yo a hacer, era para mi totalmente secundario “¡Es igual! ¡Cualquier cosa!” Pues en realidad para mí lo último en la escala de importancia era la labor que iba a realizar.

Empecé a ver que no era tan fácil como yo me imaginaba. Hasta me indigné pensando lo difícil que se le ponía el trabajar a alguien que iba a hacerlo con toda su buena voluntad ¡y gratis!. Pero claro, las asociaciones que buscan voluntarios, los buscan con unas u otras habilidades en particular. Normalmente no buscan gente para hacer “cualquier cosa” sino que son un poco más específicos, como por otra parte es absolutamente natural. Y yo, tan joven, recién empezada la carrera y habiendo trabajado solo de camarero o pagés, pues no encontraba nada que me sacara al extranjero. La verdad que ni me planteé realizar un voluntariado aquí en Palma.

Llegué a la conclusión de que conocía muy poquito este mundillo y que tenía que formarme al respecto y empecé a apuntarme a cursillos de la temática y a alguna asignatura de libre configuración en la UIB, donde estudiaba Arquitectura Técnica.

A medida que fui conociendo más sobre el mundo, sus desigualdades, las problemáticas de cada región, el funcionamiento del status quo, me fui sintiendo cada vez más pequeño, incluso abrumado… pero sobre todo con la necesidad real de querer hacer algo para cambiar las cosas, por pequeño que fuera. Ahora, seguía buscando un voluntariado, pero mis motivaciones eran muy diferentes. Ahora lo principal era el ¿Qué iba a hacer? Y a eso, además, se le sumaba mi inquietud de conocer mundo. Inquietud que había crecido y que ya no solo era por ver monumentos o espacios naturales, o aprender idiomas, sino sobre todo, por conocer de primera mano los problemas que vivía la gente de otros lugares del mundo de los cuales tanto había oído hablar y el como se afrontan sus soluciones sobre el terreno.

Así, y a través de la UIB, me llegó la oportunidad de formar parte de un proyecto de Cooperación entre la propia universidad y la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Oportunidad que no dudé ni un segundo en aceptar. El proyecto incluía, además de construir una serie de viviendas adaptadas para discapacitados y la compra de material técnico para el departamento de construcción de la FVF, el envío de un estudiante para que trabajara en dicho departamento durante medio año. Y ese era yo.

Hasta entonces yo prácticamente no había salido de España. Había salido de vacaciones con la familia, de viaje de estudios o ya viajando solo yendo a visitar colegas que se habían ido a estudiar a diferentes ciudades, pero siempre por la península. El único viaje largo que había hecho fue ese mismo año, que estuve dos semanas con la mochila (entonces enorme) por Cuba, viaje del cual aprendí muchísimo.

Y un buen día ¡ahí estaba yo! Después de algo más de dos años de haberme planteado el voluntariado en el extranjero, despidiéndome de familia y amigos para irme a Anantapur, a 700 km en cualquier dirección del mar, el segundo lugar más árido del país después del desierto de Rajastán, en el centro de India.

Todo el mundo me llamaba la atención sobre los peligros de un viaje en solitario hasta un país que decían “tan inhóspito, lejano y peligroso” (cuando lo que realmente querían decir era “desconocido”). Que si secuestros, que si terroristas, accidentes, atentados, guerrillas… Siempre que vas a un país subdesarrollado parece que todos los males de la tierra están precisamente en ese, todos concentrados (sobre todo para mi madre…). Pero yo me lo tomé como me lo habían contado: “Coges un avión en Palma y cuatro vuelos después estarás en Bangalore, allí coges un rickshaw a la estación de ferrocarriles y de allí un tren a Anantapur, otro rickshaw a la dirección “tal” y allí el guardia de la puerta te estará esperando”. Pues vale, ¡ningún problema! Y así fue, sin ningún problema. Por mi experiencia las cosas se hacen mucho más sencillas cuando las haces, que cuando te las cuentan.

No os contaré sobre mi trabajo allí más que me dedicaba a supervisar obras y aportar soluciones en las construcciones y que en la asociación había más de un millar de trabajadores y solo alrededor de 15 no éramos indios. Así que como supondréis tuve bastante contacto con gente local. Mi familia allí estuvo formada por los compañeros de trabajo, los otros voluntarios y la familia Ferrer que tan bien nos cuidaron.

En India yo no estaba de viaje, no era un turista, era un trabajador. Mi trato con la gente local no fue con recepcionistas de pensiones u hoteles, camareros y guías turísticos, sino que era con los constructores, los albañiles (una raza aparte en cualquier país que se visite), los contables, sus familias, el dependiente del colmado de enfrente de casa, los vecinos, las cocineras de la cantina, el equipo de limpieza del campus, el pastor que paseaba sus cabras por delante de casa todos los días, el médico del pueblo… Esa era la gente con la que me relacionaba a diario.

Las vivencias y conversaciones que pude tener distaban mucho de las que había podido tener en Cuba ¡y eso que en Anantapur no compartía lengua madre con nadie! La comunicación era en inglés (con los que sabían), en mi pobre Telugu (la lengua local) o directamente por señas (el cual descubrí que también era un lenguaje totalmente diferente allí…). Pero había comunicación. Muchas veces un tablero de juego se convierte en un lenguaje universal.

La vida allí no era visitar monumentos y museos o fotografiar paisajes. Era una vida normal, trabajando por la mañana y por la tarde pues como en cualquier pueblo; ir a comprar detergente a la tiendecita de Abdul, tomar un té con el Bushna el vecino conductor de rickshaw, quedar con los compañeros de trabajo para echar un partido de cricket o voleibol, cenar en casa de un amigo, pasear con otro, ir a ver a la recién nacida segunda hija de Barath, asistir al compromiso de Yamuna… Situaciones cuotidianas que te hacen realmente ver como se vive, se padece o se disfruta en otro país. Que te dan una visión real del porque de tan diferentes maneras de pensar o de actuar ante iguales circunstancias entre un indio y un español. Gracias a todo esto adquirí una mayor visión de conjunto, se amplió mi perspectiva y mi punto de vista sobre prácticamente cualquier aspecto de mi vida. A partir de ese momento contaba con un referente con el cual comparar cualquier desgracia que me ocurriera y reformar mi escala de valores, dándole y quitándole importancia a muchas cosas. De una manera simplificada podría decir que, si tienes un techo bajo el que dormir y algo de comer cada día, todo lo demás tiene una importancia muy, muy relativa. La que le queramos dar.

A todas esas lecciones habría que añadir las que recogí del resto de voluntarios, muchos de ellos ya experimentados en el mundo de la cooperación, gente muy viajada, con gran amplitud de miras y una gran sabiduría sobre los hombros; y también de la familia Ferrer, un ejemplo de sacrificio, trabajo, y constancia. En sus manos está ahora el futuro de la fundación y eso me da una tranquilidad absoluta de que se seguirá trabajando tan bien como hasta ahora.

Tuve el placer de conocer a Vicente, cuando él tenia 86 años, pues su oficina y la de construcción (donde yo trabajaba) distan 15 m como mucho la una de la otra. Un hombre tranquilo, tremendamente sabio, racional, con una claridad de ideas asombrosa y una capacidad de decisión envidiable. Un hombre que ahora, y ya desde hace años, es prácticamente un Santo para nuestra sociedad y un Dios para la de Anantapur pero que, sin embargo, no dejaba de ser una persona de carne y hueso, tan accesible como el dependiente de la panadería de al lado de casa, aunque con una fe y una convicción en su trabajo extraordinaria. Encontró lo que le daba sentido a su vida y a ello se la entregó por completo, la ayuda de los más necesitados.

Además de todo esto, no todo es trabajar en la vida, ni aún cuando vas tan lejos a hacerlo. Los domingos eran libres y aunque no daba para irse demasiado lejos, podías conocer los alrededores de la región. Y como cuando se termina cualquier trabajo, ¡llega el momento de las vacaciones! Un par de semanas es poco para un país tan inmenso como India pero el bagaje de llevar 6 meses viviendo allí, me hizo muchísimo más fácil y placentero el viaje. Ya acostumbrado a las estrecheces y retrasos de los medios de transporte, acostumbrado a que las cosas no salen siempre como uno quiere y que a veces ni siquiera podemos hacer nada para solucionarlo y teniendo nociones básicas de las lenguas locales todo iba rodado. Además, en tanto tiempo, me había dado tiempo de ir recogiendo direcciones de rincones muy, muy especiales, de esos que no salen en las guías turísticas y que de otra manera solo hubiera llegado con un golpe de suerte.

De lo que no os he hablado es de lo que llamamos “la pobreza”. “¿No te impactó mucho?” “Yo cuando fui a India no disfruté nada… hay tantas desgracias” Son frases que he oído a menudo. Claro que me impactó y mucho, pero aprendí a aceptar las cosas tal y como eran. Eso era una de las cosas que siempre nos decía Vicente “Para cambiar el mundo, primero debéis aceptarlo tal y como es” y que difícil es… Trabajar para cambiar las circunstancias, en lugar de pasearme horrorizado entre ellas estoy seguro de que me ayudó muchísimo.

Así chicos y chicas, no os lo penséis. Si tenéis ese sentimiento de impotencia por como son las cosas en el mundo, estáis abrumados porque no se puede cambiar nada, que todo lo dominan los de arriba, que no hay nada que hacer… Ya os digo yo que… ¡Os equivocáis!

Enlaces de interés:

Para cualquier duda que se os plantee o información que no encontréis en los links anteriores:

  • Juan Antonio Rodríguez

    • juananrod # hotmail.com

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